¿Lesbianas
u homosexuales femeninas?
por
Cultura
Lesbiana
Aunque muchas veces se usen de forma relativamente
indistinta los términos lesbianas, homosexual femenina o mujer gay,
existe un debate político en torno al tema, derivado de la reflexión
feminista.
De hecho, la
palabra homosexual se refiere a un conjunto de prácticas sexuales,
amorosas, afectivas, entre dos o más personas del mismo sexo. Estas prácticas
individuales, si vienen a ser públicamente conocidas, generalmente
conllevan la estigmatización y la represión. Pueden ser dadas a
conocer públicamente en forma voluntaria por las personas involucradas,
por medio del «coming out» o «salida del clóset», y así desembocar
en «identidades» orgullosamente reivindicadas.
Así
como la palabra “gay”, el término de homosexualidad tiene la
ventaja de marcar una diferencia con la población heterosexual y de señalar
que quienes se relacionan sexualmente o amorosamente con personas de su
mismo sexo tienen una vivencia diferente de quienes se apegan a la norma
social de la heterosexualidad. Sin embargo, el paralelismo que establece
el término “homosexual” o “gay” con la situación de los
hombres es muy reductor y engañoso. El feminismo ha demostrado
ampliamente que la opresión patriarcal coloca a las mujeres en una
posición social estructuralmente muy diferente de la de los varones en
casi todas las culturas que se conocen.
Para
vivir su cuerpo, ejercer su sexualidad y simplemente, vivir, las mujeres
están ubicadas en condiciones bastante menos ventajosas que los
varones, aunque fuesen ellos homosexuales. Usar el término de lesbiana,
por tanto, permite evitar la confusión entre prácticas que si bien son
todas homosexuales, no tienen en absoluto el mismo significado, las
mismas condiciones de posibilidad ni sobre todo el mismo alcance político
según el sexo de quienes las llevan a cabo.
Es
así como en Francia por ejemplo, se usa poco el término “gay” para
referirse a las mujeres, y si bien es cierto que últimamente, la
palabra lesbiana ha pasado en el lenguaje común para designar a las
mujeres homosexuales, inicialmente su uso fue especialmente reivindicado
por el movimiento lésbico feminista para subrayar el sentido colectivo
y político de dichas prácticas.
En
este contexto, la palabra lesbiana refiere a un lesbianismo político,
que se plantea como una crítica en actos y un cuestionamiento teórico
al sistema heterosexual de organización social. Según el análisis lésbico-feminista,
dicho sistema heterosexual descansa sobre la estricta división de la
humanidad en dos sexos que sirven de base para construir dos géneros
rigurosamente opuestos y forzados a mantener unas muy desiguales
relaciones de «complementariedad». Esta “complementariedad” no es
otra cosa que la justificación de una división sexual del trabajo rígida,
que se basa en una despiadada explotación de las mujeres, en lo doméstico,
en lo laboral, en lo reproductivo, en lo sexual y en lo psico-emocional.
En este sentido, al problematizar y criticar el sistema heterosexual, el
lesbianismo en su dimensión política cuestiona profundamente el
sistema dominante, representa una ruptura epistemológica fundamental e
invita a una revolución cultural y social de gran alcance.
Hoy,
el lesbianismo como movimiento y sobre todo como forma de vida, aflora
por todas partes, cada vez más complejo y variado. Posee —en forma más
o menos abierta— lugares de sociabilidad y de diversión, espacios
culturales y artísticos, una importante literatura y medios de
comunicación propios, algunos espacios en los márgenes de la institución
universitaria, así como redes políticas que se desarrollaron
principalmente en el marco de estrategias de visibilidad y de identidad.
Esa tendencia «comunitaria» ha sido sin embargo criticada, a veces por
su carácter encerrador, a veces como la expresión de un modelo «gay»
demasiado influenciado por el movimiento homosexual masculino, y otras
veces aún como una política reformista de institucionalización que
lleva a la recuperación del movimiento y a su neutralización o
normalización.
La
lucha en contra del SIDA contribuyó a reforzar la organización de las
lesbianas, pero sobre todo a menudo las volvió a acercar al movimiento
homosexual mixto, en el cual muchas veces desaparece su problemática
propia. En ciertos países o ciudades del Norte y del Sur que se cuentan
con los dedos de las manos, han sido conquistadas algunas legislaciones
progresistas, que prohíben la discriminación por «orientación sexual»
o que reconocen la unión entre mujeres y le conceden algunas de las
ventajas propias de la unión heterosexual —aunque los temas de la
adopción y de la procreación siguen siendo problemáticos. En Francia,
el PACS (Pacto de unión civil) ha sido ganado por la presión de la
lucha homosexual mixta —en la que se destacaron las lesbianas—,
mientras que la Coordinación Nacional Lésbica (feminista y no mixta)
propone una ley específica en contra de la lesbofobia. En México y en
Brasil, entre otros, se siguen caminos semejantes.
Fuente:
Cultura Lesbiana http://culturalesbiana.blogsome.com
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