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por
Adrienne Rich
Si las mujeres son las fuentes más tempranas del cuidado
emocional y de la nutrición física para los niños tanto del sexo
femenino como del masculino, parecería lógico, al menos desde una
perspectiva feminista, plantear las preguntas siguientes: si la búsqueda
de amor y ternura en ambos sexos no lleva originalmente hacia las
mujeres; por qué de hecho alguna vez las mujeres querrían dar una
nueva dirección a esa búsqueda; por qué la supervivencia de la
especie, los medios de fecundación y las relaciones emocionales y eróticas
deberían, en todo caso, volverse tan rígidamente identificados los
unos con las otras; y por qué deberían de encontrarse con
restricciones tan estrictas para obtener a fuerzas la lealtad emocional
y erótica de la mujer y su subordinación a los hombres. Dudo que
suficientes estudiosas y teóricas feministas hayan hecho el esfuerzo de
reconocer las fuerzas sociales que arrancan las energías emocionales y
eróticas de las mujeres de ellas mismas, de las otras mujeres y de los
valores identificados con la feminidad. Estas fuerzas, como trataré de
mostrar, van de la esclavización física literal hasta el
disfrazamiento y la distorsión de opciones posibles. (...)
En su ensayo «El origen de la familia», Kathleen Goughe
numera ocho características del poder masculino en sociedades arcaicas
y contemporáneas, características que quisiera usar como marco de
referencia: «la capacidad de los hombres de negar la sexualidad de las
mujeres o de imponerla a ellas; administrar o explotar su trabajo para
control su producto; controlar a sus hijos o despojarlas de ellos;
encerrarlas físicamente e impedir su circulación; o negarles acceso a
grandes áreas del conocimiento social y de los logros culturales». [1]
(...)
Es más fácil de reconocer la manera en que algunas de
las formas en que el poder masculino se manifiesta obligan a la
heterosexualidad más que en otras. Sin embargo, cada una de las que he
enunciado contribuye al conjunto de fuerzas dentro de las cuales las
mujeres han sido convencidas de que el matrimonio y la orientación
sexual hacia los hombres son componentes inevitables de sus vidas aunque
sean insatisfactorios u opresivos. El cinturón de castidad, el
matrimonio infantil, la erradicación de la existencia lesbiana (excepto
como exótica y perversa) del arte, la literatura y el cine, la
idealización del amor y el matrimonio heterosexual; todas estas son
formas bastante obvias de compulsión, las primeras dos con el concurso
de la fuerza física, las otras dos con el control de la conciencia.
Mientras que las feministas han atacado la clitoridectomía como una
forma de tortura contra las mujeres, [2] Kathleen Barry fue la primera
en señalar que esto no es simplemente un modo de convertir a una
muchacha en mujer «casable» mediante una cirugía brutal. Tiene como
objeto que las mujeres en la proximidad íntima del matrimonio polígamo
no quieran formar relaciones sexuales entre ellas, que desde una
perspectiva masculina y genital fetichista las conexiones eróticas
femeninas, estarán literalmente excluidas, incluso en una situación de
segregación de sexos. (...)
En su estudio brillante "El hostigamiento sexual de
las mujeres trabajadoras: Un caso de discriminación sexual",
Catharine A. MacKinnon traza la intersección de la heterosexualidad
obligatoria y la economía. Bajo el capitalismo, las mujeres son
segregadas horizontalmente por sexo y ocupan una posición
estructuralmente inferior en el lugar de trabajo.(...).
Ella cita una gran cantidad de material que documenta el hecho de
que a las mujeres no sólo se les segrega en trabajos de servicio mal
pagados (como secretarias, empleadas domésticas, nanas, secretarias,
operadoras telefónicas, educadoras, meseras), sino que además la «sexualización
de la mujer» es parte del trabajo. Un requisito central e intrínseco a
las realidades económicas de la vida de las mujeres es el de que las
mujeres «ofrecerán comercialmente su atractivo a los hombres, que
tienden a detentar el poder y la posición económicos para imponer sus
predilecciones». [3] (...)
Esto da lugar a una diferencia específica entre las
experiencias de las lesbianas y las de los hombres homosexuales. A una
lesbiana, que oculta sus preferencias en el trabajo por los prejuicios
heterosexistas, no sólo se le fuerza a negar la verdad de sus
relaciones fuera del trabajo o en su vida privada; su trabajo depende de
que pretenda ser no sólo heterosexual, sino una mujer heterosexual en términos
de vestir y actuar el papel femenino y deferente, requerido de las
mujeres «reales». (...)
La heterosexualidad obligatoria simplifica la tarea del
proxeneta y del alcahuete en los círculos de prostitución universales
y en los «centros Eros» mientras que, en la privacidad del hogar,
lleva a la hija a «aceptar» la violación incestuosa de su padre a la
madre, a negar que ello está ocurriendo, a la esposa golpeada a
permanecer con un esposo abusivo. «Hacer amigos o cortejar» es una de
las prácticas más importantes del alcahuete, cuyo trabajo consiste en
entregar la muchacha escapada o confusa al chulo para que la prepare. La
ideología del amor heterosexual, transmitido a ella desde la infancia
por los cuentos de hadas, la televisión, las películas, la propaganda,
las canciones populares, las ceremonias nupciales, es un instrumento idóneo
en manos del alcahuete, y uno que no duda en usar, como documenta Barry.
El temprano adroctrinamiento femenino en «amor» como emoción puede
ser en gran parte un concepto occidental; pero una ideología más
extendida profesa la primacía y la incontrolabilidad del impulso sexual
masculino. (...)
El supuesto de que «la mayoría de las mujeres son
innatamente heterosexuales» destaca como una piedra de choque para el
feminismo. (...) Sin embargo, la omisión en examinar la
heterosexualidad como una institución es como la omisión en admitir
que el sistema económico llamado capitalismo o el sistema de castas del
racismo se mantiene por una variedad de fuerzas, incluyendo tanto la
violencia física como la falsa conciencia. (...)
He escogido usar las expresiones de existencia lesbiana y
continuo lesbiano porque la palabra lesbianismo tiene resonancias clínicas
y limitantes. La expresión existencia lesbiana sugiere tanto el hecho
de la presencia histórica de las lesbianas como de la creación
continua del significado de esa existencia. Con el término de continuo
lesbiano me propongo incluir una gama de experiencias identificadas con
la mujer a través de la vida de cada mujer y a través de la historia y
no simplemente el hecho de que una mujer haya tenido o deseado
conscientemente experiencia sexual genital con otra mujer. Si lo
expandimos para que incluya muchas más formas de intensidad primaria
entre mujeres, como el compartir una vida interna rica, la asociación
contra la tiranía masculina, el dar y recibir apoyo práctico y políticos
y también podemos detectarlo en tales asociaciones como resistencia al
matrimonio (...) empezamos a captar dimensiones de la historia y la
psicología femeninas que han quedado fuera de nuestra comprensión como
consecuencia de definiciones limitadas, casi todas clínicas del
lesbianismo.
La existencia lesbiana comprende tanto la ruptura de un
tabú como el rechazo de un modo de vida obligatorio. También es un
ataque directo e indirecto al derecho masculino de acceso a las mujeres.
(...)
Históricamente, las lesbianas han sido privadas de una
existencia política mediante su supuesta inclusión como versiones
femeninas de la homosexualidad masculina. Poner en el mismo plano la
existencia lesbiana y la homosexualidad masculina porque ambas son
objeto de estigma es borrar la realidad femenina una vez más.
Obviamente, parte de la historia de la existencia lesbiana se encuentra
donde les lesbianas, a falta de una comunidad femenina coherente, han
compartido una especie de vida social y de causa común con los hombres
homosexuales. Pero hay diferencias: la falta de privilegios económicos
y culturales de las mujeres con respecto a los hombres, las diferencias
cualitativas entre las relaciones femeninas y las masculinas por
ejemplo, los patrones de sexo anónimo entre homosexuales masculinos y
la pronunciada consideración de la edad en los patrones de atractivo
sexual entre los hombres homosexuales. Yo percibo la experiencia
lesbiana, como la maternidad: una experiencia profundamente femenina,
con opresiones, significados y potencialidades particulares que no
podemos comprender si simplemente las engrampamos con otras existencias
sexualmente estigmatizadas. (...)
Si consideramos la posibilidad de que todas las mujeres
desde la infante que mama del pecho de su madre a la mujer crecida que
experimenta sensaciones orgásmicas al dar de mamar a su propia
progenie, tal vez al recordar el olor de la leche de su madre en el de
la suya propia, a dos mujeres, como la Cloe y la Olivia de Virgina Woolf,
que comparten un laboratorio, a la mujer que muere a los noventa, tocada
y cuidada por manos de mujer existan en un continuo lesbiano, podemos
vernos como saliendo y entrando a este continuo, ya sea que nos
identifiquemos como lesbianas, o no. (...)
No se puede suponer de las mujeres como las que aparecen
en el estudio de Caroll Smith-Rosenberg que se casaron, seguían casadas
y, sin embargo, vivían en un mundo femenino profundamente emotivo y
pasional, que hayan preferido o escogido la heterosexualidad. Las
mujeres se han casado porque era necesario para sobrevivir económicamente,
para tener descendencia que no sufriera de privaciones económicas ni
del ostracismo social, para permanecer respetable, para hacer lo que se
espera de una mujer, porque, al provenir de una niñez supuestamente
anormal querían sentirse dizque normales y porque se ha presentado el
amor heterosexual como la gran aventura, deber y consumación para la
mujer. Podemos haber obedecido ala institución de la heterosexualidad
fiel o ambivalentemente, pero nuestros sentimientos y nuestra
sensualidad no han sido domados ni contenidos dentro de ella. (...)
La doble vida, este consentimiento aparente de una
institución fundada en el interés y las prerrogativas masculinas ha
sido característica de la experiencia femenina: en la maternidad y en
muchos tipos del comportamiento heterosexual, incluyendo los rituales
del cortejo; la pretensión de asexualidad de la esposa decimonónica;
la simulación del orgasmo de la prostituta, de la cortesana, de la
mujer «sexualmente liberada» del siglo XX. (...)
La identificación femenina es una fuente de energía, un
dínamo potencial del poder femenino, cercenado y contenido por la
institución de la heterosexualidad. La negación de la realidad y de la
visibilidad a la pasión de la mujer por la mujer y a la elección de
una mujer por otra como aliada, como compañera de vida y como
comunidad, el forzar tales relaciones al disimulo y a su desintegración
bajo intensa presión han significado una perdida incalculable del poder
de todas las mujeres para cambiar las relaciones sociales entre los
sexos, para liberarnos cada una y las unas a las otras. La mentira de la
heterosexualidad femenina obligatoria daña ahora no sólo los estudios
feministas, sino todas las profesiones, todas las obras de referencia,
todos los planes de estudio, toda relación o conversación sobre la que
se cierne. (...)
Otro nivel de la mentira es la implicación que se
encuentra con frecuencia de que las mujeres se vuelven hacia las mujeres
por odio a los hombres. El escepticismo profundo, la precaución y la
justa paranoia acerca de los hombres puede de hecho formar parte de la
respuesta de cualquier mujer sana a la misoginia de la cultura dominada
por los hombres, alas formas asumidas por la sexualidad masculina
supuestamente normal, y por la incapacidad, incluso por parte de hombres
supuestamente sensibles o politizados de percibir o considerar estos
asuntos como perturbadores. Se representa también la existencia
lesbiana como un mero refugio de los abusos de los hombres más que como
una carga ecléctica y reforzadora entre las mujeres. (...)
Podemos decir que hay un contenido político naciente en
el acto de elegir a una amante o a una compañera de vida mujer frente a
la heterosexualidad institucionalizada. Pero para que la existencia
lesbiana consume este contenido político en una forma liberadora hasta
las últimas consecuencias, la decisión erótica debe profundizarse y
expandirse en una identificación femenina consciente: en un feminismo
lesbiano.
La obra que queda por delante, la de desenterrar y
describir lo que aquí llamo «existencia lesbiana» es potencialmente
liberadora para todas las mujeres.(...)
La cuestión surgirá inevitablemente: ¿Debemos condenar
todas las relaciones heterosexuales, incluyendo las menos opresivas?.
Creo que este asunto, aunque con frecuencia emotivo, está mal planteado
aquí. Hemos estado empantanados en un laberinto de dicotomías falsas
que nos impide aprender la institución en su conjunto: matrimonios «buenos»
contra «malos»; «matrimonio por amor» contra matrimonio arreglado;
sexo «liberado» contra prostitución; relaciones sexuales
heterosexuales contra violación [4]; Liebeschmerz [5] contra humillación
y dependencia. Desde luego, dentro de la institución de la
heterosexualidad existen diferencias cualitativas de experiencia; pero
la ausencia de alternativa sigue siendo la gran realidad no reconocida,
y por la ausencia de alternativa, las mujeres seguirán dependiendo de
la oportunidad o de la suerte de relaciones particulares y no tendrán
el poder colectivo para determinar el significado y el lugar de la
sexualidad en sus vidas.
Notas:
[1]
Kathleen Gough, «The origin of the family» en Toward an anthropology
of women (Hacia una antropología de las mujeres) ed. Rayna [ Rapp]
Reiter(New York: Monthly Review Press, 1975), p. 69-70.
[2]
Frans P. Hosken «The violence of power: Genital mutilation of females»
(«La violencia del poder: La mutilación genital de las mujeres'),
Heresies: A Feminist Journal of Arts and Politics 6 (1979): 28-35.
[3]
Catharine A. MacKinnon, Sexual Harassment of Working Women: A Case of
Sex Discrimination (NewHaven: Yale University Press, 1979), p. 174.
[4] Dicotomía que funciona en inglés, no encastellano.
N. del T.[5] Dolor de amor. N. del T.
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