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Lo invisible se hace visible
a través de las palabras...

Directorio Lésbico

 

 

Soy lesbiana... ¿y?

por Michelle Roe  

¿Qué sentiste al leer la palabra lesbiana? ¿Te echaste para atrás, pelaste los ojos, sentiste un rechazo inconsciente? No te preocupés, esas reacciones las vengo viendo desde mis dieciséis años, cuando me supe lesbiana sin saber entonces que, por mi forma de sentir y de amar, un dedo acusador me perseguiría y me saldría al paso por cualquier esquina.

Quizás también a vos te ha pasado lo mismo por ser más bajito, muy gorda, calvo o poco atractiva; por pertenecer a una raza, un credo o un nivel social que no es el de la mayoría. De alguna manera te han hecho sentir que sos diferente, cuando sabías muy bien que todos nacemos y somos iguales. Creía firmemente en ello cuando inicié mi carrera de Derecho, siendo que la misma Constitución Política me hablaba del principio de igualdad y de no discriminación. Pero la realidad sería otra.

Desde siempre, los textos bíblicos, así como las normas legales, se han interpretado conforme a los intereses de una mayoría, excluyendo, juzgando y satanizando la diversidad, lo diferente; lo que no se apega a los esquemas sociales creados por el patriarcado y el machismo de nuestra democrática Costa Rica, que de forma generosa otorgó el voto a la mujer hace cincuenta años, pero se olvidó de darle la voz, la autonomía, la igualdad de oportunidades y derechos. ¿Qué les hizo pensar que eran tan diferentes? Incluso al inicio de la gestación todos somos idénticos, solo durante el desarrollo del feto, el órgano del placer masculino se exterioriza y el nuestro desarrolla internamente alrededor de diez mil terminales nerviosas... ¡maravillosa diferencia!

En una sociedad patriarcal como la nuestra, donde el machismo y la misoginia, es decir, el odio hacia las mujeres, lo vivimos todos los días a través de la violencia doméstica, los abusos sexuales y el incesto que se calla por generaciones, el camino hacia el respeto, la libertad y la igualdad es una accidentada senda con doble vía: donde hoy logramos dar un paso adelante, pero mañana nos obligan a retroceder dos.

Sin embargo, la lucha continúa y, más aún, para un grupo invisible, doblemente marginado: las lesbianas; mujeres como vos, como yo, como tu hermana, tu esposa o tu hija; mujeres de todas las razas, credos, profesiones y niveles sociales; mujeres con una única diferencia: nuestro amor y nuestra atracción emocional, espiritual y sexual es hacia otra mujer; y en eso somos, lesbianas y hombres, doblemente iguales.

En esta sociedad nací hace treinta y un años, en esta sociedad estudio, trabajo, amo, vivo; soy mujer, hija, tía, compañera, amiga y lesbiana. Por mi condición de mujer estoy expuesta a la escalada de agresiones que ya conocemos; por mi condición de lesbiana, me agreden además la iglesia, las leyes que me excluyen y quienes, por ignorancia, machismo e intolerancia nos discriminan, nos rechazan, nos ven como si no fuésemos humanas, como bichos raros o engendros del demonio.

La iglesia católica, eterna represora de lesbianas y homosexuales; y gritones tele-evangelistas cristianos presurosos en juzgar y condenar estas relaciones “antinatura”, sustentan su discriminación en historias como la de Sodoma, ciudad que fue destruida por la falta de hospitalidad de sus habitantes y no por otra causa. Interesante ironía que uno de los pasajes bíblicos más recitados en las bodas heterosexuales, se tome del libro de Ruth, donde esta dice a Noemí:

«No me ruegues que te deje y me aparte de ti: porque donde quiera que tú fueres, iré yo; y donde quiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios mi Dios. Donde tu murieres, moriré yo y allí seré sepultada: así me haga Jehová y así me dé, que sólo la muerte hará separación entre tú y yo.»

Esta es una de las más hermosas historias de amor entre dos mujeres que se haya escrito.

Siendo el catolicismo la religión oficial de nuestro país, las leyes responden a su doctrina, prohibiendo el matrimonio entre personas del mismo sexo y definiendo la unión de hecho como aquella que se da entre hombre y mujer. Estas normas nos niegan todos los derechos y deberes a las parejas lésbicas. No podemos casarnos, tener hijos por inseminación artificial o adopción; no podemos heredar nada si nuestra pareja fallece, mucho menos conservar su pensión. No importa si hemos convivido y edificado una vida en común por cinco, diez, veinte o cuarenta años; simplemente no somos consideradas cónyuges, ni siquiera pareja de hecho. Para la ley no existimos. Esta inhumana discriminación violenta nuestra dignidad, el respeto, la libertad de elección en materia de orientación sexual y el principio de igualdad.

Pero la religión y las leyes son tan solo una parte de nuestra problemática. La mayoría de las veces la propia familia, si decidís salir del closet y confesar tu condición, te llevan al psicólogo en busca de cura por si se te metió el diablo, o de una vez te ponen de patitas en la calle por degenerada. No es mi caso. Claro que tengo muchos parientes que prefieren que no se hable del tema, lo que no es más que un evidente rechazo solapado. Pero tengo la dicha de contar con mi madre, mi abuela y otros parientes que me aman y me aceptan, me defienden, me apoyan y hasta rezan por que me aparezca una buena mujer en el camino... Son mi “club de fans”. Mujeres y hombres sensibles y de mente amplia, que saben que las almas y el amor no tienen sexo; que una persona no es su raza, ni su credo, ni su tamaño, ni el color de su cabello, ni su orientación sexual, sino que, todas estas características conforman lo que cada quien es, una persona. ¿Cierto?

¿Sos Juan el enano, calvo, heterosexual y gordo o sos Juan el hombre? Correcto. Espero entendás al menos, cómo las palabras erróneas y peyorativas para referirse a la gente, contribuyen con la discriminación, el rechazo y la intolerancia. Constantemente escucho chistes cargados de prejuicios que, cual daga venenosa, atraviesa desde mis oídos hasta el corazón con palabras como tortillera, marimacha, playo, maricón, términos llenos de odio, de rechazo, de ignorancia. ¿Crees que la discriminación no duele?

Toda esta carga emocional, esta impotencia que se va convirtiendo en resignación y llaga abierta, la llevamos desde la primera vez que sentimos mariposas revoloteando en las entrañas; el amor creciendo ante una sensibilidad de mujer en la cual nos reconocemos; la atracción sexual que nos confirma que la fisiología de nuestro cuerpo sigue las leyes naturales, pues la naturaleza es una, no discrimina y no se puede ir contra natura cuando se vive lo que se siente. Si sos heterosexual y te obligaran a estar amorosa o físicamente con una persona de tu propio sexo, ¿irías en contra de tu propia naturaleza? A eso me refiero.

Al menos tenemos nuestros espacios, bares y restaurantes para lesbianas y gays, donde podemos expresarnos con entera libertad, bailar y enfiestarnos o disfrutar de una cena a la luz de las velas. Y celebro cada vez que se adquieren más derechos en otros países, aunque por lo general se habla solo de homosexuales, pero sabemos que estamos “incluidas.” Así es el patriarcado, alcanza incluso a la comunidad gay-lésbica, evidenciando una vez más, nuestra invisibilidad.

Son quince años ya de calzar estos zapatos y he aprendido a sobrevivir, ocultando en mi trabajo mi orientación sexual por temor a ser despedida; presentando a mi pareja como una amiga o una compañera de la “U”; hablando de ella como si fuera “él”; yendo a las fiestas laborales con un amigo que se haga pasar por mi compañero de vida, mientras mi pareja espera en casa, impotente ante una realidad que la obliga a mantenerse en las sombras.

Estas son algunas de las miles de herramientas que aprendemos a utilizar a lo largo del camino para disimular, aparentar, encajar, calzar en los diferentes ámbitos en que nos movemos sin exponernos aún más a una discriminación mayor de la que ya debemos aguantar. Es una prueba diaria a la paciencia, a la fortaleza interior, al ingenio y a la astucia, solo para poder “vivir” la misma vida que vos vivís. Sé que no te imaginás lo que es saberte persona, sentirte exactamente igual que todo el mundo, pero tener que soportar a cada segundo, que te quieran convencer de que sos diferente. Te prestaría mis zapatos para que intentaras comprenderme, pero te pueden quedar grandes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 

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Última actualización:  Noviembre 15, 2008  

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